Nicaragua, el mejor país del mundo para hacer negocios

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Por Humberto Belli Pereira Ex Ministro de Educación y Director de FUNIDES

¿Qué pasaría si Nicaragua llegase a ser realmente el mejor país del mundo para hacer negocios? Como la miel atrae a las abejas, millares de empresarios vendrían a invertir multiplicando empresas, empleos, y de rebote salarios, lo que aumentaría las ventas en tiendas, pulperías, restaurantes y negocios en general, creando una bonanza capaz de duplicar o triplicar nuestro ingreso y hacer retroceder rápidamente a la pobreza.

Atraer inversiones es clave de la prosperidad. Por eso, en un foro realizado este pasado martes, algunos de nuestros más destacados empresarios—Carlos Pellas, Antonio Baltodano, Juan B. Sacasa y Ramiro Ortiz—explicaron a una audiencia de potenciales inversionistas extranjeros, los aspectos más favorables de nuestro clima de negocios: estabilidad macroeconómica, libertad de cambio irrestricta, tratados de libre comercio, seguridad ciudadana o baja criminalidad, tierras feraces, bellezas naturales, y gente acogedora e ingeniosa. José Adán Aguerri, representante del COSEP, aludió a la buena comunicación que existe entre sector privado y gobierno, mientras Bayardo Arce, asesor del presidente Ortega, destacó las relaciones francas y productivas que han mantenido con el Fondo Monetario Internacional.

La visión del país presentada en el foro fue evidentemente sesgada hacia lo positivo. ¿Cómo evitarlo en un evento diseñado para atraer inversionistas? Pero esto no hace menos veraz el hecho de que Nicaragua tiene en su haber factores muy favorables para la inversión. Además de los mencionados, uno de los más importantes es que se ha logrado un importante y profundo consenso respecto a las políticas económicas básicas. Tanto el partido en el poder, que se define de izquierda, como las demás fuerzas políticas, coinciden en respetar la economía de mercado, la propiedad privada, la estabilidad macroeconómica, el libre cambio y la apertura al comercio mundial. Y esto no surge de un acuerdo estratégico o coyuntural, sino de una convicción genuina, producto de la experiencia. En el campo económico no tenemos en Nicaragua ninguna fuerza política con un señor como Chávez, queriendo imponer un fallido socialismo hostil al sector privado. Nuestro gobierno se dice socialista pero no lo es ni lo será; es un recurso meramente retórico.

La existencia de este consenso básico proporciona al país algo muy valioso: un horizonte de largo plazo con mojones de ruta claros y estables. El problema, que si es grave, y que solo un conferencista lo aludió, es que todavía falta un consenso serio sobre las reglas del juego político. Ortega cree en el capitalismo—porque es suficientemente pragmático para ver que funciona—pero no cree en la democracia representativa, en la independencia de los poderes, o en elecciones limpias. Tampoco cree en el acatamiento de las leyes. ¿Podrá convertirse a la democracia como se convirtió al libre mercado? Ojala, aunque es más difícil porque aquí las convicciones se mezclan con apetitos que suelen oscurecer la mente y anular el pragmatismo.

Este consenso incompleto, y la falta de compromiso con el estado de derecho, son las sombras que más obstaculizan nuestras posibilidades de duplicar nuestro crecimiento y salir de la pobreza. Los países más prósperos tienen un marco común o consenso mínimo expresado en leyes o reglas que son acatadas por todos los actores. En Estados Unidos hay diferencias serias entre demócratas y republicanos, pero ambos comparten su respeto al juego democrático. Lo mismo ocurre en Chile. Gane la izquierda, con Bachelet, o la derecha, con Piñera, todos comparten un común acatamiento a las reglas del juego político. Ese consenso mínimo produce uno de los ingredientes más indispensables para la prosperidad: la estabilidad institucional.

El empresario y expositor Antonio Baltodano lo resumió así: “Para alcanzar nuestro potencial es fundamental, que todos los nicaragüenses juntos nos esforcemos como nación, para fortalecer como primera prioridad nuestra institucionalidad y el Estado de derecho.” También señaló dos ingredientes más de la química que produce inversiones masivas y sostenidas: una justicia igual para todos y una mejor educación. Son pasos importantes que nos falta dar. Después de haber recorrido ya una parte importante del camino que lleva a la prosperidad, sería muy doloroso no completarlo por los apetitos de unos y la pasividad de otros.