¿Es posible hacerlo de nuevo?

En el último año del gobierno sandinista antes de las elecciones de 1990, Nicaragua produjo 932,000 quintales de café. Diez años después produjimos 2,083,300 quintales. En tan solo diez años, de 1989/90 a 1999/00, duplicamos nuestra producción cafetalera.

 ¿Es posible hacerlo de nuevo? Honduras produce ya más de cinco millones de quintales, mientras nosotros nos hemos quedado estancados en dos millones. Somos el país más grande de Centroamérica y el que produce menos café. Y ahora, para complicar las cosas, ha aparecido la roya, dañando buena parte de los cafetales de pequeños y medianos productores, sobre todo aquellos plantíos viejos y malnutridos.

 Y la roya no es la única amenaza. Está también la antracnosis, el ojo de gallo y otras enfermedades propias de cafetales débiles y agotados. Sin embargo, un estudio reciente presentado por Funides establece claramente que “Nicaragua posee las condiciones agroclimáticas para mejorar su productividad. La caficultura nicaragüense tiene el potencial de duplicar y casi triplicar sus propios rendimientos históricos”.

 Mientras la productividad promedio nacional es de tan solo 12 quintales por manzana, Costa Rica tiene cerca del doble. Pero hay honrosas excepciones: son conocidos los casos en este país donde grandes, medianos y aún pequeños productores han logrado alcanzar rendimientos de treinta y más quintales por manzana.

 Si Nicaragua lograra en estos próximos diez años duplicar nuevamente su producción cafetalera, miles de pequeños productores y sus familias aumentarían sustancialmente sus ingresos, y muchos miles de jornaleros campesinos tendrían amplias oportunidades de trabajo. Se reduciría así la urgencia de emigrar que sienten los jóvenes nicaragüenses.

 Es cuestión de voluntad política, de liderazgo empresarial, de financiamiento oportuno y de asistencia técnica que fomente replicar las mejores prácticas existentes. No se trata de aumentar área, que también se puede, sino de mejorar lo que ya existe, renovando parcelas agotadas con variedades productivas y altas densidades, y recepando otras que aún pueden ser productivas. También se deben mejorar los niveles de fertilización y enmendar los suelos, así como manejar la sombra y capacitar cada vez más la mano de obra.

 Se requeriría además el apoyo de un pequeño ejército de técnicos para auxiliar a los productores en este esfuerzo y, evidentemente, mejorar la vigilancia fitosanitaria. Un programa así se puede iniciar en las zonas del país con la mejor combinación de altura, calidad de suelos y régimen de lluvias, donde ya existan fincas de pequeños, medianos o grandes productores que obtengan arriba de 25 quintales por manzana, de modo tal que estas fincas pueden servir de escuelas para que los vecinos aprendan de ellas las buenas prácticas agrícolas que estos exitosos productores realizan.

 Con solo renovar o recepar unas 15,000 manzanas al año durante los próximos ocho años, tendríamos otros dos millones de quintales para el 2023, y el país produciría entonces los cuatro millones de quintales que es una meta perfectamente alcanzable.

 En la década de los años noventa la producción se logró duplicar gracias al fin de la guerra y al Programa de Renovación Cafetalera que impulsó el gobierno de doña Violeta Chamorro, a pesar de la escasez de dinero que existía entonces.

 Hoy no hay que terminar ninguna guerra, pues vivimos en paz desde entonces, y el país tiene gran cantidad de recursos provenientes de la ayuda venezolana, y de préstamos blandos del BID y el Banco Mundial.

 En estos próximos diez años habrá sin dudas años de malos precios, y no todo será fácil, pero para salir de la roya solo hay una puerta: mejorar la calidad de nuestros cafetales.

 ¿Qué falta entonces? Solo se requiere que el Gobierno se ponga al frente con la determinación de hacerlo, y tenga la capacidad de concertar con el sector empresarial del país, las asociaciones de productores y la banca. Nicaragua lo merece y lo necesita. El autor es Presidente de la Comisión Institucional de FUNIDES.

Antonio Lacayo.